SOLA
Permanecía con la mirada fija en su café. Sus ojos estaban vidriosos; si el café hubiera podido hablar nos diría cuanta pena atesoraban. Era de noche y el cristal que la separaba de la calle estaba cubierto de vaho. Era duro aquel invierno y el frío viento golpeaba con fuerza el carrillón que colgaba tras la puerta de entrada de aquel desolado bar de carretera. Sus brazos descansaban sobre la mesa redonda de mármol. Vestía una chaqueta verde de terciopelo y un sombrero anaranjado que prolongaba la sombra en su rostro hasta la comisura de sus labios. Una silla vacía enfrente suyo le recordaba cuanto tiempo habían compartido en aquel sitio, pero no se atrevía a mirarla. Un viejo radiador calentaba el ambiente. Ella seguía sin levantar la vista. El camarero que la había mirado largo rato apesadumbrado se acercó a ella y le dijo que no tardaría en cerrar. Ella no levantó la mirada pero si dio un trago al café sin terminarlo. La relación con su padre había empeorado y su muerte le dejó un vacío tan inmenso que no había nada con que compararlo. No había podido contarle nada sobre su venidero amor y aquello no se lo podía perdonar. Si al menos hubiera podido hablar con él una última vez - le llamó pero él ya no respondía-.
Des de que él se marchó cuando ella era tan solo una niña, solo había podido verlo en aquel lugar. Él no quería ni acercarse a su madre ni a su casa, aquello le traía horribles recuerdos. Habían estado años sin verse pero ella no lo dejó estar, lo buscó y buscó hasta encontrarle. Le había prometido que si tenía hijos, él sería el primero en saberlo y que arreglaría todo lo que su madre había estropeado entre ellos. Pero él nunca lo supo y ella tendría que guardar el secreto hasta bien entrada edad, hasta que su futura hija pudiera entenderla, comprenderlos, pues ellos dos se entendían bajo las luces tenues de ese bar. Éstas escondían secretos que algún día volverían a relucir, a golpearla, no sin antes vagar agazapados en sus sueños. Se levantó, miró al camarero y le concedió media sonrisa. No sabía si iba a volver, pero aquel hombre ya no estaría y quedaría como testigo de esa soledad abrumadora. Abrió la puerta y el sonido del carrillón desprendió esa melodía que aquel día se tornó perentoria.
SALA DE EXTRACCIONES
-Extracciones es de esas palabras que yo escribiría con S (Estracciones. Nunca he sabido porqué pero hay palabras que suenan mejor mal escritas- pensaba mientras arrugaba el papelito con mi número mientras me sentaba rodeado de gentes con mascarillas diversas.
La paradoja de tener que resguardar nuestra privacidad con un código y a la vez de una misma cosa en común que hacer me desconcierta sobremanera. Si todos vamos a sacarnos sangre, ¿qué importan que nos pongan nombre? ¿No nos llaman por el nombre en la consulta del dermatólogo, o del urólogo, o del psiquiatra quizás? En ese caso, entendería mucho mejor el pudor que pueda ocasionar que relacionen el nombre con nuestra cara. Pero no en este contexto, no me encajaba. -Diagnósticos, pruebas, diferenciales, reuniones, gente arriba y abajo por los pasillos… mantas blancas, todo tan blanco. ¿Por qué elegirian el blanco que contrasta tanto con la sangre?-
Llevaba ya unos veinte minutos sentado, escaneando los ojos, las frentes y las vestimentas de aquellos que me rodeaban. No había casi nadie que me llamara la más mínima atención hasta que vi los ojos verdes de una mujer mayor que se mantenía de pie a pesar de haber sillas vacías, apoyando su espalda en una columna. Parecía agotada y malhumorada en su postura, pero su mirada tenía un brillo especial casi místico, que sobrepasaba ese aura de hastío. Al no poder ver todo su rostro me costaba ubicarla en el espacio, pero me conformaba con poder sacar información temporal, en este caso de ese mismo instante. Debía tener unos setenta años, de pelo teñido rojizo. No parecía ir maquillada lo que me llevaba a deducir que no tenía mucho poder adquisitivo y que había que tenido que trabajar más de la cuenta. Las arrugas de su frente se recogían y relajaban intermitentemente lo que me decía que andaba reflexionando en algo que le generaba dudas y la convencia al mismo tiempo. Su mirada andaba perdida en sus pensamientos y de vez en cuando levantaba la cabeza para mirar el monitor, por si había llegado su turno. El hecho de no sentarse pareciendo cansada y teniendo en cuenta su edad y aún habiendo sillas vacías, me hacía pensar que aquella analítica le generaba impaciencia y quería salir de allí lo antes posible. - ¿Qué enfermedad la llevaría a aquell lugar? Su inquietud reflejaba que no era algo rutinario.- Llegué a la conclusión de que no estaba pensando en nada relacionado con esos instantes, pues anotó algo en una pequeña libreta que sacó de su bolso, lo que me hizo reconsiderar lo de lo rutinario de la prueba y después relajó su rostro y apoyó su cabeza contra la columna como si de repente hubiera dado con la solución a algo. La intensidad de sus ojos ya tenía sentido para mí. Estaba creando o buscando el significado de algo. Y lo encontró, vaya si lo encontró.
La deje un rato para concentrarme en un texto de Zizek que citando a William Butler Yeats (al que sinceramente solamente he ojeado) en un poema llamado The Second Coming, decía: «La oscurecida marea de sangre se suelta, y en todas partes / se anega la ceremonia de la inocencia; / los mejores carecen de convicción, mientras los peores / están llenos de apasionada intensidad».
Levanté la cabeza y aquella mujer salía ya por la puerta y me daba la espalda. Aquella mujer era la excepción al citado poema, sin duda conservababa en sus ojos aquella vivez y averigué al mirarla caminar que también su porte era de dignidad y de satisfacción.
Sonó mi código por el altavoz, me levanté, más conforme queharto tras una hora esperando y entré, una vez más de tantas que me quedan, pero con la cabeza un poco más alta, menos irritado y más conforme. -Yo quería salir caminando así, como aquella mujer, y desprender esa pasión con la mirada, pero todavía la vida no deja, pero lo hará o lo haré, o las dos cosas al mismo tiempo.-
EXAMEN FINAL
En el pasado;
La imponente profesora, de espaldas, anotaba fórmulas en la pizarra, con su vestido azul, largo hasta la rodilla y su cinturón doble, marrón, con tendencia al amarillo, cayendo sobre su cadera. La clase de ciencias. Como amaba aquella clase que te hechizaba entre evidencias, cálculos precisos, bella arquitectura de patrones e imaginación cuántica. Aquella mujer era increíble sin la necesidad de mostrar sus ojos, tan solo con su voz, delicada pero firme.
Yo le prestaba toda la atención que mi huidiza mente me permitía, tratando de no pensar en esa figura, en ella en sí misma y no perderme detalle de la clase. A mi, el volar de una mosca, me engullía rápidamente, así que tenía que esforzarme mucho en ese contexto, para no perder detalle de cuanta información se acumulaba tras la tiza. El final de curso se acercaba y mi meta estaba más cerca.
En el presente;
La profesora se está girando, y desvela es esos ojos azules que te atrapan, y pregunta - ¿Quién empieza?-
Me estoy poniendo nervioso y a su vez intento anticipar las preguntas y en seguida figurarme las respuestas. Siempre intento adelantarme. Mi cabeza intenta ir siempre por delante. He escuchado durante más de una hora, repasado las líneas en la pizarra, sin refutar, solo asimilando. El examen es oral, y es el último.
- Está bien, lo haremos a mi manera.-
Ella pronuncia un nombre al azar o no. Y todos salimos y mi compañera se queda, sus manos tiemblan y no levanta la mirada del suelo. No me toca el primero, almenos, y podré repasar mentalmente.
En el futuro;
Entraré en la clase y la miraré como si fuera ella la única en el mundo y aquel momento eterno. Me hará preguntas y responderé y todo estará bien, todas las respuestas serán correctas. Ella utilizará un tono contundente y me mirará fijamente (como hace siempre) y no desviará sus ojos ni para leer el enunciado, poniéndome a prueba. Y yo me volveré de piedra, frío, distante, atento a cualquier detalle. Serán minutos que serán horas y días y toda la vida. Me imagino respondiendo para siempre las mismas preguntas y me reconforta. Y de allí saldré con porte altivo, desafiante, ya con la dura pierda desmenuzándose, con el objetivo cumplido y el desazón de no volver a pisar esa clase, ni de volver a saber de su espalda, su cuello, su sabiduría, su precisión. Nadie podrá ver esa tristeza en mi, ese disgusto. Mi conocimiento lo emborronará, será mi camuflaje, mi sabiduría que ya no será solo la de ella. Y ella habrá cumplido, y podrá salir igual que yo de esa clase, si los demás se lo permiten.
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